No hay malas palabras. Las palabras son como el dinero: sirven o no sirven. Si tengo una rupia en mis manos y voy a la pulpería no compraré nada porque esa moneda aquí no tiene valor alguno. Igual pasará si en una plática introduzco la palabra femme (mujer en francés), quizá nadie lo comprenda - a menos que el receptor hable francés-porque es un significante sin significado para nosotros. Luego, la rupia y femme no nos sirven aquí, pero sí en Paquistán y en Francia. Estamos hablando de vocablos innecesarios en nuestro medio. Por otra parte, cuando aquí en Honduras una muchacha llama mi pajarito a su compañero de trabajo y está escuchando un dominicano, en el acto éste se imagina que se trata de un homosexual porque en tierras quisqueyanas pajarito es sinónimo de marica y no siempre resulta amable. Pero para nosotros, pajarito es una palabra dulce sin connotaciones tan extrañas.
Cuántas veces no les hemos dicho palabras groseras a nuestros hijos bebés cuando los estamos acariciando: ¡Qué lindo mi hijo de p…!, y de ninguna manera los estamos insultando. O en cuántas ocasiones le hemos dicho a alquien que no nos cae bien: No, querido amigo, aquí no lo quiero ver nunca, si la frase querido amigo conlleva amor, amistad. Todo esto es cosa de ambiente, de confianza o de familiaridad. Aquí nos referimos a palabras o frase con plurisentidos. Pero siguiendo esta línea debemos recordar que cuando nos dirigimos a un auditorio es natural que pensemos en que es heterogéneo y por consiguiente tenemos que manejar un nivel adecuado no sólo en contenido sino también en la forma. Está claro que nadie es un “santo” de la lengua; tan soez puede ser un hombre de la calle como un clérigo de cartuja, con la diferencia de que este último buscará la confianza oportuna para actuar con esas competencias. Conclusión: no hay malas palabras.
Importa destacar que en todo acto de comunicación es obligatoria la participación de un emisor y un receptor, aparte de otros elementos vitales. Para que el receptor decodifique un mensaje es determinate que el emisor lo haya producido con claridad y que en el canal no se presentes interferencias. Ahora esto último se ha vuelto moda en los comentarios radiales: hablan todos a la vez y más parece pleito de borrachos que un programa de opinión. Un ejemplo del desorden comunicativo lo manifiestan los comentaristas deportivos, señores que no siempre son prolijos en conceptos: todos tienen la razón; lo extraño es que casi siempre son felicitados efusivamente por sus escuchas. Pero lo más notorio es que en los programas de algunos colegios magisteriales que se transmiten todos los domingos es donde más se observa semejante vulgaridad: unos irrespetan la palabra de los otros y se forma un arroz con mango difícil de digerir. Parece que eso lo hacen con la triste idea de llamar la atención de su audiencia. Y hoy más que nunca se ha vuelto tan normal que -además de muchos locutores de radio y uno que otro de televisión- tambien la gente que participa en programas radiales a traves del teléfono no se miden la boca para pronunciar cualquier palabra grosera (algunos hasta piden perdon antes de decirlas) Todo esto se produce por la negligencia legal que no se aplica a los propietarios de esos medios orales de comunicación.
Pero por otro lado, a cada rato escucho comentaristas que parece que no se percatan de que están frente a un público no siempre dispuesto a escuchar barbaridades, no porque sea aundiencia de puritanos, sino porque se parte de la idea que esa persona que está con un micrófono es un ser educado, elegante y culto, no un vago cualquiera. Aquí en San Pedro Sula se encuentra una radioemisora que transmite programas “musicales” donde sólo es necesario tomar un teléfono y empezar a vomitar excremento verbal sin que haya nadie que pare ese abuso a la dignidad de los oyentes. Sobre esto me decía un buen amigo mío (pariente del propierario de esa estación radial) que lo más fácil es que moviera el dial de mi aparato y problema resuelto; yo le pregunté que qué pasaría si iba en un bus de pasajeros, que es donde más se da ese problema: no me contestó.
El problema de la procacidad verbal - lo de soez- no se presenta tanto en la televisión, pero el mal uso de la lengua normal es común. Los medios de comunicación social llevan implícita la idea de ser instrumentos para educar en masa y lo que ahí se dice se considera correcto para las mayorías. Actualmente abundan los canales locales de televisión y uno que otro que se enlaza a varias partes del mundo a través de Internet. Estas televisoras (exceptúo de esto a una empresa de El Progreso) casi siempre emplean personal inexperto - ni siquiera empírico- que sin darse cuenta dicen cantidades de palabras y frases inapropiadas que en vez de educar prostituyen la lengua; y esto no sólo se da en los noticiarios, también abundaen los programas musicales donde cualquier muchacho de barriada sale diciendo sandeces y haciendo muecas de marero. Tengo entendido que una universidad de paga y la Unah-vs tienen la carrera de Periodismo y es justo que las empresas de radio y televisión recluten por lo menos a estudiantes de estas facultades que algo han de saber de estas labores.
Pero no todo es pedestre en la radio. Hace muchos años que escucho a don Andrés Torres por HRN a las 10 de la noche. Me gusta ponerle atención a sus comentarios (no significa que siempre esté de acuerdo con él) y somos miles y miles que pasamos pendientes de todo lo que dice don Andrés. Y yo nunca he escuchado a este veterano periodista que diga palabras soeces en su programa (aunque nunca falta alguno con vilezas verbales) y su “raiting” es envidiable.
Las Ciencias Políticas y el Derecho no son mis campos de estudio; pero por necesidad cultural es importante saber definir algunos conceptos que a veces nos hacen caer en equivocaciones.
En estos días de efervescencia deportiva y política vemos ondear nuestra bandera; observamos el escudo de Honduras. Cualquiera diría que somos en verdad patriotas, que nos sentimos muy orgullosos de nuestra hondureñidad; quizá lo seamos en realidad. Qué bien sería que en cada casa, automóvil, oficina, pulpería, mall, se mirasen siempre estos símbolos patrios. Pero no es extraño observar que en muchos buses urbanos encontramos la bandera de Estados Unidos, el retrato del Che Guevara u otras rarezas. En los grandes centros comerciales se exhiben vallas de reguetoneros, mujeres bellas semidesnudas, hombres pelones también casi en pelotas, en fin, cosas que nada tienen que ver con nuestras tradiciones; pero casi nunca vemos un cuadro del Indio Lempira o un retrato de Francisco Morazán. Parece entonces que nos sonrojamos de nuestro origen, si sólo en tiempos especiales es que recurrimos a desempolvar nuestras representaciones nacionales y por lo general lo hacemos para llamar la atención especialmente en eventos deportivos; es cuando vemos que nuestro pabellón es arrastrado por fanáticos y por vendedores callejeros previo a un encuentro futbolero. Pero como lo esencial de esta bitácora es la lengua (sin dejar de lado, por supuesto, nuestra cultura en general) hablaremos de esta.
Qué importante es que la persona por lo menos hable dos idiomas; esto hace que el individuo tenga doble cultura. Lo triste es que pretendamos hablar, por ejemplo, inglés y no sepamos más que los préstamos que nos hace esa lengua. Escucho gente culta que a cada instante dice okey en vez de está bien, bay por adiós. Las personas fifís hablan de look, fashion, babyshower, socialite, tips y una serie de bobadas que en vez de hacer más elegantes a quienes las pronuncian las ponen en un punto de necios. Me agrada escuchar gente que habla un inglés claro, o un español sin ese reguero de injertos estériles de otras lenguas.
Hace unos días murió Michael Jackson y la gente se volvió loca por estar en su funeral o por lo menos saber sobre el final de esa estrella. No sucedió igual con la Madre Teresa de Calcuta, una mujer que tanto hizo por la humanidad; pero sí hubo un gran alboroto cuando en esos mismos días falleció una famosa reina de Inglaterra. Todo esto, está claro, se debe a la fuerza de la publicidad y allá cómo las personas nos dejemos llevar. Pero hablando de El Rey del Pop una de las palabras má prolijas del momento ha sido fan. Este término está registrado en la RAE: Admirador o seguidor de alguien. Entusiasta de algo. Por cierto, el plural de fan es fanes. Esta palabra es correcta, lo malo es el abuso, sobre todo por mimética lingüística septentrional. Para todos aquellos que ignoran la existencia de los equivalentes de fan, he aquí algunos: admirador, seguidor, incondicional, entusiasta, también cabe fanático; todo va a responder al contexto, porque yo puedo ser seguidor de un partido político, incluso fanático, mas no fan.
A los muchachos que están en último año de estudios secundarios en las escuelas de Estados Unidos suelen llamarles seniors. La palabra suena bien. Aquéllas son escuelas monolingües y si llevan la asignatura de español generalmente es optativa. Aquí las escuelas bilingües estilan ese sustantivo anglosajón indistintamente en contextos de uno u otro idioma. Y no está lejos que los centros educativos que enseñan sólo en español empiecen a llamarles así a los graduandos. Pero, ¿qué significa sénior? En latín quiere decir el más viejo. En español sirve para distinguir a una persona del hijo con quien comparte el mismo nombre: Nelson Garcia sénior ganó un premio; aunque lo elegante sería decir Nelson García padre… En el ambiente profesional se refiere a la persona con más experiencia: Mercedes es una cajera sénior. Pero en inglés, además de nuestras acepciones, tambien se refiere a los estudiantes próximos a graduarse, algo que nada que tiene que ver en el castellano. Por consiguiente, en este caso, sénior es un falso pariente del español y lo ideal es emplearlo sólo en el ámbito inglés, no en castellano.
Y todavía más común es el opuesto de sénior: junior. Júnior significa en latin el más joven; pero ahora, por influjo inglés, se usa referido al hijo cuyo padre comparte su nombre: Armando Muñoz júnior es un buen periodista; no obstante, lo clásico es hijo: Jose Alfredo Mayes hijo es arquitecto. También se usa para diferenciar al empleado con menos experiencia: Daniel es un cajero junior. Sénior y júnior son comunes en género; pero no suena elegante (referido a hija) decir que Danelia Gali júnior es una gran farmacéutica. Es mejor decir que Danelia Gali hija es una gran farmacéutica.
“No acostumbro casi nunca a estar de acuerdo con las opiniones expresadas por Felip Puig y Oriol Pujol. Pero esta vez lo estoy y creo que debo decirlo. A mí también me parece vergonzoso que el presidente de la Generalitat de Catalunya, José Montilla, hable tan mal en catalán y destroce la lengua. Seguramente mis razones son distintas de las de los dos diputados de Convergencia en el Parlamento catalán, pero la conclusión es la misma: es vergonzoso. Me explico”, decía Jordi Canal, un doctor en Historia y profesor de la escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París. En esa nota, el doctor Canal no está preguntando si él se explica o su lector lo comprende, sencillamente “aclara”. Pero aquí nosotros hacemos como pregunta esa frasecita: “¿me explico?”, una muletilla ofensiva para el interlocutor que de repente puede pensar que su emisor lo está considerando como un necio. Esto es por el tono interrogativo que enfatiza la mayoría de nuestros hablantes. Y todavía es más insultante el “¿me entiende?”, que es muy usado en el lenguaje de los pandilleros y otra gente del bajo mundo. No obstante, esta pregunta tiene su validez cuando el profesor explica un tema y sabe que no es de fácil comprensión; recurre entonces a ese llamado por aquello de la aclaración de dudas.
“La Municipalidad tiene proyectos a futuro”. Para iniciar no hay proyectos pasados ni presentes porque proyecto, referido a plan, es el conjunto de escritos, cálculos y dibujos que se hacen para dar idea de cómo ha de ser y lo que ha de costar una obra de cualquier clase. También es el esquema de cualquier trabajo que se hace como prueba antes de darle la forma definitiva. Por consiguiente, los proyectos ya llevan implícita la idea que son para el futuro. Y dentro de este sintagma nuestra gente dice “a futuro”, si lo gramatical es “de o para futuro”: “Es un trabajo de futuro o para el futuro”.
También se observan frases tan gastadas que han perdido significado y se usan más que todo para tapar huecos expresivos. “En el marco de la reunión de la OEA se discutieron problemas de límites territoriales”. Qué aporte significativo da el tal <en el marco>” a la reunión; ninguno. Otra frase tonta es “La deuda externa de Cuba anda <por el orden> de los cien mil millones de dólares”. Es más fácil y comprensible decir que “La deuda externa de Cuba anda por los cien mil millones de dólares”, “por el orden” es una frase vacía.
“El presidente Manuel Zelaya habló <en el sentido de> aprobar un decimoquinto mes de salario, pero que sea pagado por los patronos”. Es posible que el sintagma señalado en algún momento tenga su funciones, el problema es de exceso e incorrección. En este ejemplo propuesto la frase esa se puede eliminar y decir que “el presidente Manuel Zelaya habló sobre aprobar el decimoquinto mes de salario, pero que sea pagado por los patronos”. En un comentario radial sobre la aprobación del salario mínimo, un líder de la industria panadera de Tegucigalpa mencionó no menos de 10 veces “en ese sentido” durante más o menos un minuto.
A menudo decimos que “hemos recibido malos tratos de los empleados públicos”. Es correcto decir que “lo agradable es hacer buenos tratos con la gente y no malos tratos donde podamos salir perdiendo”. Hemos de aclarar que con el adjetivo mal y el sustantivo trato se forma la palabra maltrato: “trato vejatorio o que ocasiona daño o perjuicio”; por consiguiente, hay maltrato y maltratos; incluso, se apocopa malos por mal y decimos “maltratos”. Esto no significa que no se pueda decir mal trato o malos tratos. Sin embargo, no existe la palabra buentrato. Pero qué pasa con “malentendido”. Ésta es una palabra plena, significa mala interpretación: “Fue un malentendido entre Norma y yo”.