Cuando yo era niño viajábamos en unos camiones modificados rudimentariamente para transportar seres humanos; estos carros se llamaban baronesas (un sustantivo muy hondureño). Pero las baronesas eran muy pesadas e incómodas y pronto llegaron los microbuses para usarlos en pueblos pequeños, y los omnibuses, que viajaban a las “grandes ciudades”. Para nosostros, bus y ómnibus son la misma cosa. Estas unidades son más confortables porque vienen con diseños especiales para el uso humano. Las baronesas seguían esquemas toscos y muy empíricos.
Hasta hoy, en Honduras y en tantos países, los buses constituyen el medio de transporte colectivo terrestre más empleado. En los pueblos más recónditos se escuentra por lo menos un “scholl bus” (de esos amarillos que desechan los gringos) grande o pequeño. Este moderno vehículo se conoce como ómibus, autocar, pullman, guagua; en México le dicen camión. Son regionalismos.
Pero por eso de las ambiciones crematísticos de quienes gobiernan el transporte público aquí en Honduras, en un momento hubo la necesidad de abrirles espacio a lo microbuses con la colosal idea de dar un servicio especial, rápido y cómodo. Por supuesto que esa intención tendría su carga pecuniaria por aquello de la calidad del servicio. Fue así como aparecieron los temibles rapiditos
En un principio estos carritos dieron señales, ideas o remedos de lo prometido, pero muy pronto no sólo incumplieron, sino que se convirtieron en verdaderas amenazas para sus usuarios y todo aquel que se atreve a conducir por donde esos artefactos pululan.
En un país tan desordenado como el nuestro, donde casi todo el mundo mira la corrupción como algo inherente a las persona, pronto los zares del transporte sacarían provecho: cambiaron sus enormes y provectas (y en su mayoría sucias y destartaladas) unidades por microbuses, con éstos les saldría más económico y lograrían más ganancias. En San Pedro Sula, La ruta 1 ya no tiene un tan solo bus grande y la 4 prácticamente los está eliminando.
Los rapiditos fueron concebidos para uso netamente urbano; ahora usted los ve en los montes y en las aldeas lejanas. Y, no se asuste, se ofrece este tipo de transporte entre ciudades distantes con el pretexto de ser directos, que van de terminal a terminal, sin detenerse en ningón lugar, cosa que nos es así; lo que sí es verdad es que cobran más que los carros regulares. Es una vergüenza que las autoridades gubernamentales permitan este atropeyo que a la par de ser más caro es una ofensa para la dignidad de quienes se suben en esas cosas.

Pero el concepto de rapidito (que es lo que nos compete en este cuaderno de bitácora) ya se actualizó en el Diccionario Hondureño de la Lengua Española: “Cualquier bus, grande o pequeño, nuevo o viejo, generalmente con asientos adicionales rústicos, ventanas improvisadas con nailon y cinta adhesiva, que transporta personas sentadas, paradas, colgadas, chineadas, por un precio superior al regular, sin que nadie regule su funcionamiento.// Unidad de transporte colectivo con pasaje más caro que los buses comunes, cuya tripulación muchas veces carece de lo elemental del trato humano.