Hoy (más que nunca) la demagogia ha llegado a lo más alto de la expresión. No queremos creer en nadie de este mundo de mortales y las palabras van perdiendo significado; asimismo, las frases van sufriendo distorsiones porque se trastocan sus contenidos semánticos.

La sociedad crea frases estereotípicas con el único propósito de llenar vacíos de compromisos sociales, comerciales, políticos  o por simple costumbre. ¡Lo siento!, pero no puede entrar, nos dice el guardia de un banco, la recepcionista de un funcionario o cualquier persona que nos imposibilite tal acción. ¡Hagan silencio, gracias!, nos decía un repugnante profesor de Derecho Agrario en la Unah-vs. ¡Gracias por llamar a banco tal!, finalizó diciéndome una muchacha.

 Los siento es una frase que más o menos significa: “Me da pena, quisiera que esto no sucediera, deseara ayudarlo pero no puedo”. Me pregunto: qué diablos va a sentir aquella persona que me impide entrar en ese sitio si a veces ni sabe quién soy. Aquel insolente profesor daba las gracias con un tono de enojo, prepotencia y nada de satisfacción, pues su mayor malestar era que por su adusta clase nadie le hacía caso. Otra cuestión, ¿cómo una persona me puede dar las gracias cuando la he llamado para regañarla por la tardanza en mandarme mi estado de cuenta? Esta dama me agradeció no por afecto, sino por táctica de mecadeo, ella ni siquiera tiene idea de mi imagen física y es seguro que me queda maldiciendo después de haberme atendido.

Y lo más escandaloso de la pamema es que ahora a usted lo saludan y le desean éxitos y felicidad por medio de una grabación cuando el destinatario de un teléfono no puede atenderlo; le dicen que su llamada está siendo transferida y que en pocos segundos será atendido. Encima de toda esto le ponen toda una publicidad de fondo para que el cliente no se aburra.

El habla es una entidad consciente, viva, y en su nivel expresivo vale por esa viveza y no por un frío y muerto mensaje monotemático de computadora. Pero ésta es una de las grandes estrategias de esa ciencia capitalista llamada mercadotecnia. Alguien dirá que más vale una palabra hermosa que un seco “no puede pasar”, “cállense” o “qué quiere”, y en eso estamos muy de acuerdo, la caricia siempre agrada. El problema de este embrollo es la esquematización fija de las frases que con el tiempo a la gente poco a nada le importa y ni siquiera las escucha ni las oye, se vuelven monótonas y hasta cierto punto mojigatas. Sería cosa de variar estas formas expresivas para no caer en la más pura de las rutinas.

Y hablando de rutina, ahora todo mundo habla de rutina: operativo de rutina , exámenes médicos de rutina. Observe el concepto de rutina: Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas. (DRAE). La rutina denota ‘hábito adquirido’, ‘costumbre de hacer las cosas sin necesidad de pensar en ellas. Siguiendo este significado, entonces la Policía nuestra trabaja sin pensar cuando se apuestan en las calles a pedir licencias de conducir y boletas de revisión (lo único que hacen) y aseguran que es un operativo de rutina. Andan mal con esa afirmación porque el trabajo es una actividad consciente del hommo sapiens. Supongo que este inapropiado uso se debe al traslape semántico que se da en la informática con la palabra rutina: Secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente.

Rutina no es lo mismo que costumbre, son conceptos afines. Poner un arbolito en Navidad es una costumbre en mi casa, pero lo decoramos con muchas luces para que luzca mejor. Tengo la costumbre de leer mientras estoy en el baño. Lo del árbol navideño y mis lecturas implican hechos conscientes porque en ambos casos analizo lo que hago; no son actos rutinarios. La Policía hace los operativos de costumbre; los médicos ordenan hacer los exémenes de costumbre. Sería peligroso que por rutina el doctor me diera medicina para controlar mi diabetes.